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martes, 23 de octubre de 2012

APOLOGÍA DEL RENCOR, J.M. Lecumberri


copiado de PASQUIN LITERARIO GRIETAS http://grietasmx.blogspot.mx/

APOLOGÍA DEL RENCOR

J. M. LECUMBERRI

"Porque nuestra lucha no es contra adversarios
de carne y hueso, sino contra los poderes,
contra las potestades, contra los que dominan
este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal
que tienen su morada en las alturas."
Efesios 6, 12
"El mismo Jesús, el dulce Jesús, enseña que
Los judíos tienen 'al diablo por padre'
(Jn. 8,44). Difícil amar al prójimo en esas circunstancias"

Michel Onfray


Lo que hace decadente al revolucionario, lo que le impide convertirse en héroe, lo que sistemática y fatalmente lo convierte, una y otra vez, en el objeto de su aversión, en lo opuesto a su causa es su incapacidad para resistir la tentación de imponer, de suplantar al sistema que ataca y combate con su propio sistema, el cual por cierto, considera como la única vía de salvación, la única opción y no sólo la única, sino también la mejor, en pocas palabras: el Ideal (con un gran inicial mayúscula). Este ideal no es otra cosa que la caracterización de una utopía que, como bien apunta Cioran, no es otra cosa que "lo grotesco en rosa".
Así pues, el revolucionario tarde o temprano sucumbe a sus instintos y burocratiza su causa, la convierte en discurso, politiquería, peor aún en doctrina y, en algunos lamentables casos incluso en imposición tiránica. ¡Cuántos hombres de puros ideales, caudillos y libertarios han acabado dirigiendo un reinado del horror! Desconfiad pues de quien sea que diga hablar en nombre de una Verdad. Hasta aquí no se ha dicho nada nuevo, ni se ha mostrado arista desconocida de temas conocidos, no ha pasado aún, sin embargo, este sentimiento es, de por sí, bastante familiar e incómodo a la vez. Me refiero a que es muy común sentirse avasallado, como la hierba que crece al pie de una colosal muralla, por esa cruda sensación de no tener nada más que decir, de que resulte lo mismo hablar o callar, actuar o dejar que las cosas fluyan de forma arbitraria con la esperanza de que el orden nazca del caos. Como si el simple y llano hecho de reflexionar, de contemplar se considerara subversivo por alguna desconocida e incógnita potestad, como si hubiese una providencia de lo incuestionable o una auditoría de la curiosidad que según se percata Kafka nos produce un sentimiento de malestar existencial al decir "No se trata de desprecio; entra, así mismo, el miedo […] Pero hoy creo que quienes os desprecian no sólo callan sus motivos, sino que incluso los ignoran […]Lo que la gente os reprocha, en el fondo, es el intentar hacerlo mejor que los demás." Con inaudita y violenta lucidez nos dejamos llevar por una aceptación inverosímil, aquello que los poetas simbolistas llamaron el spleen y que ahora llamamos hastío, apatía, vacío, esa confortable matriz, esa madriguera de los hechos donde augustamente rumiamos nuestra impotencia y calibramos, a la manera de un alquimista, nuestras frustraciones y nuestros deseos.

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Ahora bien, antes de continuar para unir las primeras dos ideas que hemos planteado, primero debemos considerar un verso de Michaux: "Antes de ser obra el pensamiento es trayecto." Por un lado tenemos la enfermiza dialéctica del revolucionario, que intenta sembrar una síntesis de la que sólo es posible cosechar rencor y, por otro lado, tenemos ese lastre, la apesadumbrada concepción de una existencia irreparable, dicho más nitzscheanamente. "el sentimiento trágico de la vida".
¿De qué manera y en qué proporción se relacionan o interactúan estos dos supuestos? Hace no mucho y no sé debido a qué extraña vicisitud, me encontraba escuchando a un sacerdote, un exorcista Paulino, para ser más precisos, diciendo
que "los demonios están en el aire" y que por esa razón no es posible evitarlos, como si el aire mismo que nos circunda y nos da sustento estuviere viciado, infestado y cada respiración fuera entonces, irónicamente, un atentado contra la vida, no sólo espiritual sino material, pues los demonios en este caso, cohabitarían nuestro plano de existencia. Sin dar demasiada importancia esas "locas" declaraciones del padre Fortea, curiosamente fui a caer en cuenta de algo que había leído en un libro que Michel Onfray escribió en contra de Freud, titulado con una cáustica elegancia "El Crepúsculo de un Ídolo", pues bien, en este trabajo Onfray da, con visionaria exactitud, una revelación perturbadora de la naturaleza intrínseca del ser humano que no sólo aplican a Freud, sino según pienso, en mayor o menor medida, a todos nosotros: "Freud disfrazó inconscientemente sus necesidades fisiológicas y reivindicó la objetividad. En él, el disimulo y el disfraz de esas evidencias adoptan un cariz extraordinario. El psicoanálisis constituye la exégesis del cuerpo de Freud, y nada más. Pero Freud afirma exactamente lo contrario: el psicoanálisis es exégesis de todos los cuerpos, salvo el suyo…"
Ahora bien, de todo lo que se ha venido diciendo, ya estamos en posibilidades de inferir cuál es la proporción del engaño y donde se encuentran sus oscuras y putrefactas raíces: la imposición de Ideales que casi invariablemente terminan siendo tiranías (o burocracias dependiendo de la mediocridad del revolucionario), el grotesco devenir de una inteligencia (la humana) que nace desadaptada del orden o curso natural de las cosas, el cinismo de una sociedad conformista que juzga y condena a quienes pretenden reflexionar o innovar, nuestra falta de interés para recorrer el trayecto del pensamiento con un auténtico sentimiento trágico y, por ende, con un desapego y desinterés auténticos, la proyección de un espíritu atormentado y forcluido, sobre aspectos naturales, como el aire endemoniado del padre Fortea, pero asimismo para el machista o el fanático chiita será el cuerpo de la mujer endemoniado, para la feminista será el falo endemoniado, para el físico será el electrón endemoniado, y así sucesivamente, hasta llegar, al fin y al cabo a la fisiología misma de cada individuo de nuestra especie, maltrecho y pobremente adaptado, fiasco del darwinismo, mofa de un Creador desvergonzado, nuestras tripas nos moralizan, nuestras gónadas nos vuelven esclavos y nuestra mente, presume de otorgarnos un salvoconducto, cuando no hace más que convertirnos en simios disfuncionales, hitos del sufrimiento, huestes de la amargura.
Ahora bien, de todo esto podríamos llegar a la terrible conclusión de que cualquier espíritu revolucionario, es decir, aquel que reflexiona más de la cuenta, el que no se hace su madriguera en el vacío o el spleen, el que contempla y reflexiona es, igualmente, sólo un desterrado un ignorante, un peculiar engendro que en lugar de dormitar pretende dirimirse con las más absurdas epifanías o los más insulsos prodigios de los que el hombre ha tenido conocimiento. Vástagos de nuestras vulgares certidumbres y nuestros anodinos intereses, olvidamos con frecuencia recordar nuestro origen aunque esté no sólo nos persiga, sino que sea un componente indiscutible de nuestra constitución orgánica y espiritual. "El origen se dice en una palabra: crear./ Y esa creación es partir./La separación fue lo primero./El pecado original (el dejar de nacer), la separación del origen, de la fuente,/fue ocuparla.", así poetiza Hugo Mujica el destino del hombre, la condena a la que todo hombre nace, por vocación o destino, y completa Simone Weil diciendo: "Hay que estar en el desierto, porque aquel al que hay que amar está ausente." Pero, ¿de qué trata todo esto? Irremediablemente volveremos a Kafka, el buscador incansable, porque todo esto que sucede no sucede, es sólo un espejismo, ¿realidad, ilusión?¡qué más da, si todos nos cagamos de miedo!
El miedo de Freud a ser olvidado, el miedo del pueblo judía a no ser elegido, el miedo de Jesús a no ser amado por su Padre, el miedo de Diógenes a perder a sus amigos, el miedo de Satanás a estar solo, el miedo de Buddha a ser encontrado en un camino y asesinado, todos podemos identificarnos clara y precisamente con todos y cada uno de los miedos antes descritos y todos son un solo miedo… El miedo que ha surgido como rebaba de la separación, como un subproducto de nuestra caída, es a la vez lo que nos ha dado nuestra más grande
maravilla: la cultura. La cultura como oposición o resistencia dada al sufrimiento se convierte en hipocresía y , más allá de eso, en estupidez y frivolidad, Nietzsche nos advierte de esto y nos abrelos ojos al hecho de que el sufrimiento es la causa
de la conciencia. "Sólo el gran sufrimiento es el último libertador del espíritu, en tanto que anfitrión y maestro de la gran sospecha […] ese sufrimiento lento y duradero que se toma su tiempo y en el que vamos quemándonos como madera fresca, nos obliga a los filósofos a descender a lo más profundo de nuestro ser y a desprendernos de toda confianza, bondad, dulzura, medida, en las que tal vez anteriormente pusimos nuestra humanidad. Dudo de si un sufrimiento así nos hará 'mejores', pero sé que nos volverá más profundos." Así pues, esta terrible confesión, de sabernos condicionados por una cultura que nos llena de valores para poder ignorar el hecho fundamental de nuestro propósito como agentes de canalización del dolor universal, tal vez nuestro único gran propósito, un sistema cultural cuya base es una moral de la esperanza y la felicidad, virtudes de esclavos, que impiden a nuestro espíritu establecer una relación de justa igualdad con el cosmos, poniéndonos a la fuerza por encima de lo creado y a costa del creador, criaturas locuaces y depresivas, incapaces de afrontar el peso de nuestros propios órganos buscamos salida en lo exterior, en la prisión que nos retienen pretendemos, jugamos a ser libres. Lo hemos cuestionado todo, primero pensamos que nuestra prisión era la carne y que debíamos deshacernos de ella, luego como reacción, como síntesis enferma, dilucidamos que la prisión ebería de ser lo que se opone a la carne, la religión, Dios y el mundo espiritual, luego decidimos que se trataba de la sociedad, que unos a otros nos impedíamos el paso mediante relaciones de explotación, cuando esto cesó (obviamente sólo en apariencia pues ahora somos más explotados que nunca) nos percatamos que muchos han muerto ya por los Ideales de algún otro o por sus propias obsesiones, que dios es tan lejano y que más allá de todo horizonte que la ciencia nos ha mostrado no hay respuesta o explicación alguna para nosotros mismos. Hemos ignorado, sistemáticamente y aquellos que detentan el poder del mundo han exterminado, de igual forma sistemáticamente, a aquellos que honesta y desinteresadamente se acercaron a nosotros para darnos una sencilla respuesta: "esto sólo es un paseo", "mira dentro de ti mismo, porque ahí se encuentra la verdad", ese "sufrimiento" ese "desierto" ese camino hacia la visión, desarreglado o de cualquier otra forma incoherente, es el trayecto, tal vez la vía esperada, pero no puedes esperar a que yo te lo diga, porque no puedo "todo este mundo es irreal" dice el Sutta Nipatta, esa irrealidad es precisamente lo que sustraemos, mediante la percepción, del caos que nos aterra.
El espíritu revolucionario pues, no tiene cabida en ese mundo que aspira al sufrimiento, al desierto, al caos, pues está demasiado inmiscuido en juicios, ideales, sistemas y utopías, es demasiado funcional, predecible y controlable, pues toda revolución es, a fin de cuentas, la actualización de un sistema "nada cambia, todo permanece" oímos a un perdido eco de helénica saga. El famoso decreto délfico de "conócete a ti mismo" resulta insuficiente, no basta conocernos sino librarnos de nosotros mismos, como dijera Ekhart: "¡Dios líbrame de Dios!", esa liberación es en el sentido más profundo una penetración un descubrimiento que precede a una búsqueda inagotable, "Yo como imposible para mí. Mi indisponibilidad, mi alteridad de mí." Según lo concibe Mujica en la meditación o, como escribiera Blanchot: "Hay eventualmente una región –una experiencia- donde la esencia del hombre es lo imposible…" Sin embargo, aún está el problema del rencor, aquello que nos permite crear, seguir siendo subversivos, civilizados y cultos: "ordo ab caos" es el lema, la sed que produce la reexistencia y el redevenir: el deseo, motor del samsara, y la falacia kármica. Volver a ignorar, volver a la inocencia de las cavernas (aunque según Cioran sea demasiado tarde) será pues nuestra salida, reestructurar el silencio, recomponer la contemplación y la mirada interior, la revolución que proviene del no actuar, del desapego.
Finalmente, será preciso señalar para concluir, el hecho patente de que la razón clasifica, organiza, divide y en este sentido, toda revolución procede de un segmento o una clase y, por tanto, tiene un nombre, una etiqueta: la revolución de los protestantes cristianos, la revolución del proletariado, la revolución de los homosexuales, la revolución de los ciegos, los vándalos y los analfabetas, los miserables y los proxenetas y así ad nauseam, por ello, saldrá a colación el tema de la autodestrucción y del suicidio, ese estatuto de los marginales, los innominados de la etiqueta en blanco, como preámbulo para poder determinar las relaciones que guardan los conceptos de miedo y cultura frente al desapego, el sufrimiento y el caosLo que hace decadente al revolucionario, lo que le impide convertirse en héroe, lo que sistemática y fatalmente lo convierte, una y otra vez, en el objeto de su aversión, en lo opuesto a su causa es su incapacidad para resistir la tentación de imponer, de suplantar al sistema que ataca y combate con su propio sistema, el cual por cierto, considera como la única vía de salvación, la única opción y no sólo la única, sino también la mejor, en pocas palabras: el Ideal (con un gran inicial mayúscula). Este ideal no es otra cosa que la caracterización de una utopía que, como bien apunta Cioran, no es otra cosa que "lo grotesco en rosa".
Así pues, el revolucionario tarde o temprano sucumbe a sus instintos y burocratiza su causa, la convierte en discurso, politiquería, peor aún en doctrina y, en algunos lamentables casos incluso en imposición tiránica. ¡Cuántos hombres de puros ideales, caudillos y libertarios han acabado dirigiendo un reinado del horror! Desconfiad pues de quien sea que diga hablar en nombre de una Verdad. Hasta aquí no se ha dicho nada nuevo, ni se ha mostrado arista desconocida de temas conocidos, no ha pasado aún, sin embargo, este sentimiento es, de por sí, bastante familiar e incómodo a la vez. Me refiero a que es muy común sentirse avasallado, como la hierba que crece al pie de una colosal muralla, por esa cruda sensación de no tener nada más que decir, de que resulte lo mismo hablar o callar, actuar o dejar que las cosas fluyan de forma arbitraria con la esperanza de que el orden nazca del caos. Como si el simple y llano hecho de reflexionar, de contemplar se considerara subversivo por alguna desconocida e incógnita potestad, como si hubiese una providencia de lo incuestionable o una auditoría de la curiosidad que según se percata Kafka nos produce un sentimiento de malestar existencial al decir "No se trata de desprecio; entra, así mismo, el miedo […] Pero hoy creo que quienes os desprecian no sólo callan sus motivos, sino que
incluso los ignoran […]Lo que la gente os reprocha, en el fondo, es el intentar hacerlo mejor que los demás."
Con inaudita y violenta lucidez nos dejamos llevar por una aceptación inverosímil,
aquello que los poetas simbolistas llamaron el spleen y que ahora llamamos hastío, apatía, vacío, esa confortable matriz, esa madriguera de los hechos donde augustamente rumiamos nuestra impotencia y calibramos, a la manera de un alquimista, nuestras frustraciones y nuestros deseos.
Ahora bien, antes de continuar para unir las primeras dos ideas que hemos planteado, primero debemos considerar un verso de Michaux: "Antes de ser obra el pensamiento es trayecto." Por un lado tenemos la enfermiza dialéctica del revolucionario, que intenta sembrar una síntesis de la que sólo es posible cosechar rencor y, por otro lado, tenemos ese lastre, la apesadumbrada concepción de una existencia irreparable, dicho más nitzscheanamente. "el sentimiento trágico de la vida".
¿De qué manera y en qué proporción se relacionan o interactúan estos dos supuestos? Hace no mucho y no sé debido a qué extraña vicisitud, me encontraba escuchando a un sacerdote, un exorcista Paulino, para ser más precisos, diciendo
que "los demonios están en el aire" y que por esa razón no es posible evitarlos, como si el aire mismo que nos circunda y nos da sustento estuviere viciado, infestado y cada respiración fuera entonces, irónicamente, un atentado contra la vida, no sólo espiritual sino material, pues los demonios en este caso, cohabitarían nuestro plano de existencia. Sin dar demasiada importancia esas "locas" declaraciones del padre Fortea, curiosamente fui a caer en cuenta de algo que había leído en un libro que Michel Onfray escribió en contra de Freud, titulado con una cáustica elegancia "El Crepúsculo de un Ídolo", pues bien, en este trabajo Onfray da, con visionaria exactitud, una revelación perturbadora de la naturaleza intrínseca del ser humano que no sólo aplican a Freud, sino según pienso, en mayor o menor medida, a todos nosotros: "Freud disfrazó inconscientemente sus
necesidades fisiológicas y reivindicó la objetividad. En él, el disimulo y el disfraz de esas evidencias adoptan un cariz extraordinario. El psicoanálisis constituye la exégesis del cuerpo de Freud, y nada más. Pero Freud afirma exactamente lo contrario: el psicoanálisis es exégesis de todos los cuerpos, salvo el suyo…"
Ahora bien, de todo lo que se ha venido diciendo, ya estamos en posibilidades de
inferir cuál es la proporción del engaño y donde se encuentran sus oscuras y putrefactas raíces: la imposición de Ideales que casi invariablemente terminan siendo tiranías (o burocracias dependiendo de la mediocridad del revolucionario), el grotesco devenir de una inteligencia (la humana) que nace desadaptada del orden o curso natural de las cosas, el cinismo de una sociedad conformista que juzga y condena a quienes pretenden reflexionar o innovar, nuestra falta de interés para recorrer el trayecto del pensamiento con un auténtico sentimiento trágico y, por ende, con un desapego y desinterés auténticos, la proyección de un espíritu
atormentado y forcluido, sobre aspectos naturales, como el aire endemoniado del padre Fortea, pero asimismo para el machista o el fanático chiita será el cuerpo de la mujer endemoniado, para la feminista será el falo endemoniado, para el físico
será el electrón endemoniado, y así sucesivamente, hasta llegar, al fin y al cabo a la fisiología misma de cada individuo de nuestra especie, maltrecho y pobremente adaptado, fiasco del darwinismo, mofa de un Creador desvergonzado, nuestras tripas nos moralizan, nuestras gónadas nos vuelven esclavos y nuestra mente, presume de otorgarnos un salvoconducto, cuando no hace más que convertirnos en simios disfuncionales, hitos del sufrimiento, huestes de la amargura.
Ahora bien, de todo esto podríamos llegar a la terrible conclusión de que cualquier espíritu revolucionario, es decir, aquel que reflexiona más de la cuenta, el que no se hace su madriguera en el vacío o el spleen, el que contempla y reflexiona es,
igualmente, sólo un desterrado un ignorante, un peculiar engendro que en lugar de dormitar pretende dirimirse con las más absurdas epifanías o los más insulsos prodigios de los que el hombre ha tenido conocimiento. Vástagos de nuestras vulgares certidumbres y nuestros anodinos intereses, olvidamos con frecuencia recordar nuestro origen aunque esté no sólo nos persiga, sino que sea un componente indiscutible de nuestra constitución orgánica y espiritual. "El origen se dice en una palabra: crear./ Y esa creación es partir./La separación fue lo primero./El pecado original (el dejar de nacer), la separación del origen, de la fuente,/fue ocuparla.", así poetiza Hugo Mujica el destino del hombre, la condena a la que todo hombre nace, por vocación o destino, y completa Simone Weil diciendo: "Hay que estar en el desierto, porque aquel al que hay que amar está ausente." Pero, ¿de qué trata todo esto? Irremediablemente volveremos a Kafka, el buscador incansable, porque todo esto que sucede no sucede, es sólo un espejismo, ¿realidad, ilusión?¡qué más da, si todos nos cagamos de miedo!
El miedo de Freud a ser olvidado, el miedo del pueblo judía a no ser elegido, el miedo de Jesús a no ser amado por su Padre, el miedo de Diógenes a perder a sus amigos, el miedo de Satanás a estar solo, el miedo de Buddha a ser encontrado en un camino y asesinado, todos podemos identificarnos clara y precisamente con todos y cada uno de los miedos antes descritos y todos son un solo miedo… El miedo que ha surgido como rebaba de la separación, como un subproducto de nuestra caída, es a la vez lo que nos ha dado nuestra más grande
maravilla: la cultura. La cultura como oposición o resistencia dada al sufrimiento se convierte en hipocresía y , más allá de eso, en estupidez y frivolidad, Nietzsche nos advierte de esto y nos abrelos ojos al hecho de que el sufrimiento es la causa de la conciencia. "Sólo el gran sufrimiento es el último libertador del espíritu, en tanto que anfitrión y maestro de la gran sospecha […] ese sufrimiento lento y duradero que se toma su tiempo y en el que vamos quemándonos como madera fresca, nos obliga a los filósofos a descender a lo más profundo de nuestro ser y a desprendernos de toda confianza, bondad, dulzura, medida, en las que tal vez
anteriormente pusimos nuestra humanidad. Dudo de si un sufrimiento así nos hará 'mejores', pero sé que nos volverá más profundos." Así pues, esta terrible
confesión, de sabernos condicionados por una cultura que nos llena de valores para poder ignorar el hecho fundamental de nuestro propósito como agentes de canalización del dolor universal, tal vez nuestro único gran propósito, un sistema cultural cuya base es una moral de la esperanza y la felicidad, virtudes de esclavos, que impiden a nuestro espíritu establecer una relación de justa igualdad con el cosmos, poniéndonos a la fuerza por encima de lo creado y a costa del creador, criaturas locuaces y depresivas, incapaces de afrontar el peso de nuestros propios órganos buscamos salida en lo exterior, en la prisión que nos retienen pretendemos, jugamos a ser libres. Lo hemos cuestionado todo, primero pensamos que nuestra prisión era la carne y que debíamos deshacernos de ella, luego como reacción, como síntesis enferma, dilucidamos que la prisión ebería de ser lo que se opone a la carne, la religión, Dios y el mundo espiritual, luego decidimos que se trataba de la sociedad, que unos a otros nos impedíamos el paso mediante relaciones de explotación, cuando esto cesó (obviamente sólo en apariencia pues ahora somos más explotados que nunca) nos percatamos que muchos han muerto ya por los Ideales de algún otro o por sus propias obsesiones, que dios es tan lejano y que más allá de todo horizonte que la ciencia nos ha mostrado no hay respuesta o explicación alguna para nosotros mismos. Hemos ignorado, sistemáticamente y aquellos que detentan el poder del mundo han exterminado, de igual forma sistemáticamente, a aquellos que honesta y desinteresadamente se acercaron a nosotros para darnos una sencilla respuesta: "esto sólo es un paseo", "mira dentro de ti mismo, porque ahí se encuentra la verdad", ese "sufrimiento" ese "desierto" ese camino hacia la visión, desarreglado o de cualquier otra forma incoherente, es el trayecto, tal vez la vía esperada, pero no puedes esperar a que yo te lo diga, porque no puedo "todo este mundo es irreal" dice el Sutta Nipatta, esa irrealidad es precisamente lo que sustraemos, mediante la percepción, del caos que nos aterra.
El espíritu revolucionario pues, no tiene cabida en ese mundo que aspira al sufrimiento, al desierto, al caos, pues está demasiado inmiscuido en juicios, ideales, sistemas y utopías, es demasiado funcional, predecible y controlable, pues toda revolución es, a fin de cuentas, la actualización de un sistema "nada cambia, todo permanece" oímos a un perdido eco de helénica saga. El famoso decreto délfico de "conócete a ti mismo" resulta insuficiente, no basta conocernos sino librarnos de nosotros mismos, como dijera Ekhart: "¡Dios líbrame de Dios!", esa liberación es en el sentido más profundo una penetración un descubrimiento que precede a una búsqueda inagotable, "Yo como imposible para mí. Mi indisponibilidad, mi alteridad de mí." Según lo concibe Mujica en la meditación o, como escribiera Blanchot: "Hay eventualmente una región –una experiencia- donde la esencia del hombre es lo imposible…" Sin embargo, aún está el problema del rencor, aquello que nos permite crear, seguir siendo subversivos, civilizados y cultos: "ordo ab caos" es el lema, la sed que produce la reexistencia y el redevenir: el deseo, motor del samsara, y la falacia kármica. Volver a ignorar, volver a la inocencia de las cavernas (aunque según Cioran sea demasiado tarde) será pues nuestra salida, reestructurar el silencio, recomponer la contemplación y la mirada interior, la revolución que proviene del no actuar, del desapego.
Finalmente, será preciso señalar para concluir, el hecho patente de que la razón clasifica, organiza, divide y en este sentido, toda revolución procede de un segmento o una clase y, por tanto, tiene un nombre, una etiqueta: la revolución de los protestantes cristianos, la revolución del proletariado, la revolución de los homosexuales, la revolución de los ciegos, los vándalos y los analfabetas, los miserables y los proxenetas y así ad nauseam, por ello, saldrá a colación el tema de la autodestrucción y del suicidio, ese estatuto de los marginales, los innominados de la etiqueta en blanco, como preámbulo para poder determinar las relaciones que guardan los conceptos de miedo y cultura frente al desapego, el sufrimiento y el caos.

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